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     Érase una vez una muchacha en el curso de Teología Cristiana que escuchaba a su profesor enseñar acerca de la soberanía de Dios. Y esa muchacha antes de salir del aula de la clase, entró en una lucha con Dios. Entendió, “Dios está en completo control de todas las cosas…”, pero, esta verdad, en vez de darle confianza en su Dios, le provocó un gran conflicto.[1]

 

     Pues, esto no es un cuento. Yo era la muchacha “desilusionada con Dios” como Philip Yancey describió que tenía, “…un gran abismo entre lo que espera[ba] de [mi] fe cristiana y lo que experimenta[ba] en realidad.”[2] No pude ni dormir por estar contemplando, “Si Dios es soberano…¿por qué nos creó sabiendo que íbamos a pecar?…¿por qué no detuvo a Satanás en el huerto cuando le engañó a Eva?, ¿por qué no hace que todos sean salvos?...¿por qué permite el sufrimiento? ¿por qué, por qué, por qué…?” No había fin de mis preguntas.

 

     El siguiente día, todavía muy turbada, le dije a mi profesor que no iba a ir a su clase y que iba a salir a hablar con una amiga. Entonces, le entregué mi tarea y me fui, sin agregar una explicación.

 

     Allí con mi amiga, le hablé de mi lucha interna. Realmente, ella no me ofreció consejos, solo afirmó la fidelidad de Dios en su propia vida. Y a través de la conversación me di cuenta que faltaba algo en mi entendimiento de la soberanía de Dios. Entendía el hecho que “Nuestro Dios está en los cielos; Todo lo que quiso ha hecho” (Salmo 115:3) y que nadie puede “impedir” o “estorbar” Su plan (Isaías 14:27; 43:13). Pero, había perdido la verdad en Salmo 100:5, que dice, “… Jehová es bueno…”. Sencillamente y profundamente, “Dios es soberano (Todopoderoso) y es bueno”.[3]

 

     A esta certeza llegaron Job (Job 38-40), José (Génesis 50:20), y Pablo (Romanos 8:28), y por fin, yo también. El resultado de esta certeza era una nueva confianza en Dios y en Su soberanía. Ahora en lo bueno y en lo malo, no es un cuento que cuento con la soberanía de Dios. ¡Qué alivio saber que Dios está orquestando bien en Sus hijos de acuerdo a Su gloria, Su amor, y Su sabiduría infinita![4]

 

     Después de todo, hablé con el profesor y pude explicarle la situación. Fue paciente conmigo. En fin, Dios me enseñó acerca de Su soberanía por medio de Su Palabra hablada por este paciente profesor y demostrada en la vida de una amiga. Así que, en el día de la adversidad he podido decir, “yo sé a quién he creído” (2 Timoteo 1:12).

 

     Y creo que esto es el momento perfecto para recordar que algún día… todos los creyentes viviremos con Dios felices para siempre.

 

[1] Ryrie, C. C. (1993). Teología Básica. Florida: Unilit.

[2] Yancey, P. (1988). Desilusión con Dios. Florida: Vida.

[3] Bridges, J. (1995). Confiando en Dios Aunque la vida Duela. Colombia: CLC.

[4] Bridges, J. (1995). Confiando en Dios Aunque la vida Duela. Colombia: CLC.

 

 

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